domingo, 21 de junio de 2009

Viaje hacia un "no lugar"

Hace días, meses que no me miro. Hace días, meses que no miro. Voy camino hacia un lugar. Mis manos están frías y más pálidas que de costumbre. Es temprano; el ruido del motor me traslada y me serena. Quizás llegue más tarde de lo pautado a la cita. Seguramente llegaré tarde. No me inquieta. Nada me sobresalta hoy. Será que estoy pero no estoy.
Mientras intento escribir algo que no logro descifrar, mis manos siguen frías y mis garabatos no encuentran sentido. Sigo el viaje; el colectivo acaba de desviar el trayecto habitual: una más de las tantas protestas sociales... Pero nada me sobresalta hoy. Es uno de esos días de ausencia calma. Generalmente vivo inmersa en la vorágine de las obligaciones auto impuestas. Generalmente no hay lugar para el sosiego y la abstracción. Hace tanto que no miro a mi alrededor. Pero esta vez es distinto. Las imágenes detrás del vidrio revelan algo que no había visto antes. Siento el peso de mi cuerpo, pero es un peso liviano, etéreo. Tomo conciencia de cada parte de mi ser y es un estado pleno. Nada me turba. No pienso en nada ni en nadie. Sólo respiro y advierto, pero no distingo. Ni siquiera sé si me gusta sentirme así. Sigo escribiendo trazos instintivos y maquinales, absolutamente irreflexivos. Y podría permanecer el día entero en este letargo. Viajando hacia un no lugar; temprano, siempre temprano, días eternamente claros y fríos, mientras el ruido del motor me traslada y me serena.
9.40. Decididamente estoy llegando tarde a la cita. No me inquieta. Nada me sobresalta hoy.-

jueves, 26 de marzo de 2009

La Lucanera



Timbre. 20.17 horas, según acusa el reloj. Lucanera se aproxima con dos minutos de retraso, teniendo en cuenta que la clase comienza a las 20.15. Su andar es pachorro, pesado, como si viniera de darse un tremendo atracón, de esos que te dejan cuasi inmóvil.
Ingresa al aula arrastrando los pies. Por supuesto, los alumnos la siguen con el mismo poco entusiasmo. No se toma más de dos o tres minutos en chequear el libro de temas. No hay tiempo que perder. Los asientos contables son prioridad y hay que liquidar tres cuestiones en nada menos que dos horas. Por algo le pagan. Lucanera está al servicio de la educación pública y, por tanto, su responsabilidad debe ser tomada como tal. Su sueldo sale de nuestros bolsillos, según textuales y reiteradas palabras de la comprometida y escrupulosa profesora de Contabilidad.
Enseguida se pone al frente de la clase. Tiza en mano, comienza a vislumbrarse en la pizarra la interminable ensalada alfanumérica de siempre. Mientras algunos parecen regocijarse con los “problemitas” planteados, como si estuvieran descifrando uno de esos crucigramas entretenidísimos que ofrecen algunos suplementos sabáticos; otros (la mayoría, claro está), revolean los ojos como queriendo captar “algo” de lo incomprensible que Lucanera acaba de explicar. A ella parece no afectarle quién entiende y quién no. Avanza, avanza y avanza. Con prisa y sin pausa, como queriendo anticiparse a la finalización del programa académico y ahí sí, recién ahí estará en condiciones de hacer un alto en las cabezas secas de sus jóvenes discípulos. Lucanera se consume y los consume; en un encuentro semanal, los exprime, los agota y extenúa, con el fin de revalidar su vocación y/u obsesión educadora.
21.05. Un grupito de alumnas bochincheras, pero no por ello, malas estudiantes, advierte que todavía resta una hora y diez minutos para que finalice el calvario. Una hora y diez minutos de cabezas literalmente abombadas. Así y todo, prosiguen con la seguidilla de problemitas indescifrables y entretenidos. Si algo debemos reconocerle a Lucanera es su capacidad de mantener la poca atención que a esa altura subsiste en el aula. Quizás esta virtud se deba, en buena medida, a su manera de expresarse y meter bocadillos políticamente incorrectos pero efectivos a la hora de refrescar esas cabezas secas y exprimidas. Lucanera es un poco malhablada, sí. Pero sus excesos verbales son los que equilibran la balanza; y en el fondo se la quiere por ser cómo es: una obsesiva de los números, estrictísima con los horarios, pero cómplice del mismo lenguaje de esos jóvenes escolares.
La educadora es así: mezcla de chabacana y erudita en las cuentas. Pachorra en su caminar pero ligerísima a la hora de agotar los variados temas de su agenda académica. Pesimista y poco entusiasta; tal vez ello se debe a su reciente y confesada separación. Lucanera no representa, precisamente, el derroche de optimismo y algarabía en persona. En la mayoría de las ocasiones (léase, en aquellas oportunidades en las que no está dictando su tan celebrada cátedra) se la ve cabizbaja y algo desanimada, como si las clases la encendieran y la reencontraran con su verdadera esencia jovial y chispeante. Por lo pronto, y a la luz de su apariencia un tanto desatendida, necesita un rotundo y riguroso cambio de look. Un buen corte de pelo, una efectiva y prolija coloración de sus mechas, anteojos e indumentaria un poco más chic... en definitiva, un “aire nuevo y fresco” que la recicle y le ofrezca una versión mejorada de sí misma. Tal vez así Lucanera se relaje un poco y afloje en hacer un alto en las cabezas secas de esos jóvenes discípulos. Que así sea.-

miércoles, 18 de marzo de 2009

Figurita repetida

Número desconocido. “No me molestes más. Estoy en otra. Se terminó hace rato”. Tu-tu-tu-tu.
¿Acaso no tiene dignidad? Un poco de amor propio no le vendría mal. El mismo que le sobra al patán que te quita el sueño. “Todo vuelve”, te aseguró; “y te garantizo que ningún otro tipo va a estar atrás tuyo. La indiferencia se te va a volver en contra”. Parece que el presagio del ex en cuestión no fue tan desmesurado, después de
todo.
Mientras el primero te agobia, el otro se te escapa. Uno se tiende a tus pies, por el otro estás a sus pies. El uno se arrastra, mientras el otro se muestra demasiado erguido como para que lo abordes. El uno no quiere otra cosa más que poseerte, el otro no hace otra cosa más que ahuyentarte.
Así son las cosas. Paradojas de una misma trama en la que la implicada número uno sos vos, precisamente. Mucha tela para cortar si nos detuviéramos a analizar semejante contraste.
Número desconocido. Llamando al patán. Necesitás escuchar un hola refrigerado y áspero como él. Necesitás revalidar su apatía para volver a armarte para la conquista. “Hola”, se oye, entre un indescifrable murmullo. (¿Con quién estará? Seguramente rodeado de alguna chirusa que le arrastra el ala). “Hola”. Tu-tu-tu-tu. Ni siquiera te concede el privilegio de cortar la efímera comunicación. Perro.
Indiferente el uno, obseso el otro. La figurita difícil del álbum y esa misma repetida hasta el cansancio. La figurita difícil por la que resignaste hasta la última moneda. La figurita difícil del capricho y la obstinación infantil. Por otro lado, la insulsa, esa figurita vacía y reiterada que alguna vez fuera la más importante de tu álbum... ¿Quién lo creería?
Y todo por el mismo precio. Dos caras de una misma moneda disputándose el podio del mayor absurdo. Con uno lidiás y subsistís a la defensiva. Con el otro te armás e intentás atacar por todos los frentes. Sin el menor de los éxitos, claro está. No se deja, no quiere, ni siquiera se resiste a tus ridículas embestidas. Y mientras más grotescas tus intenciones con el insensible rufián, más esmero pone el indigno ex. Como si olfateara el escenario y no quisiera dejarte al margen de tamaña faena. Para bochornosos, mejor que sean dos.
Vos acometés con empeño desmedido pero el patán no se imagina que sos tan víctima como él, o más. Seguramente intuye que nadie, en su sano juicio, se embaucaría con semejante espécimen femenino. Como sea, lo que el malparido piense acerca de tu persona, ni afecta ya. Es un no categórico y rotundo, punto de partida de tu incesante empecinamiento. El patán se resiste y el indigno no para.
Número desconocido. “Te dije que no me molestes más. Se terminó, concluyó, finiquitó, caducó. ¿Cómo te lo tengo que decir?”
Tu-tu-tu-tu.
Por el momento, parece no haber razones suficientes que lo hagan desistir de la “operación re-conquista”. Aunque a esta altura, y teniendo en cuenta tus reiterados desplantes, no creo que seas más que un trofeo de guerra para un hombre que insiste más por amor propio que por otra cosa. De todos modos, no le doy mucho tiempo más a su insensatez. Ni bien consiga un hombro o alguna otra parte del cuerpo que lo haga feliz, ahí mismo se olvida del tan ansiado trofeo. Garantizado.
Respecto a la figurita difícil, se te acabaron los pretextos para salir al cruce. Ya no hay coartada posible, verosímil o inverosímil. No las hay. Se agotaron con vos y con tu inconmensurable capacidad de enredo.
El patán se resiste o se resistía (depositemos un voto de confianza a tu amor propio) y el indigno no para... hasta que se detenga.
¡Cuánta tela para cortar si nos detuviéramos a analizar semejante contraste! ¡Pero nada es fortuito! ¡Y mucho menos las figuritas con las que elegís jugar! ¿Será hora de cambiarlas?:)

martes, 17 de marzo de 2009

Operación clausura


Soberbio. Altanero. Orgulloso. Presumido. Engreído y petulante. Perro astuto. Huidizo. Escurridizo. Patán. Emocionalmente tarado. Mal tipo, bah.
Nadie, en su sano juicio, se atrevería a involucrarse con un sujeto de tales características. Nadie, excepto Jésica. O las miles de mujeres como ella, que se embaucan en historias de esta naturaleza con finales previsiblemente infelices.
¡Ay Jésica Jésica y tu maldita costumbre de hacerle agua a los “buenos partidos”! ¡Mamá tenía razón cuando decía que es el hombre quien debe estar a merced de su conquista! ¡Y no al revés, mujer! ¿A quién se le ocurre seguir prendida de semejante trama siniestra? ¡Libérate, chica fuego! ¡Déjalo ir, despréndete! Lo pasado, ya pasó. Los besos que te dio, la única caricia que te procuró, esa palabra no dicha... no esperes que te reconozca, no esperes que alguna vez se dé cuenta de quién fuiste o quién sos... ¡Eso no va a ocurrir! ¡Tampoco permitas que tu equilibrio emocional dependa de ello! ¡Es sólo un patán! Uno de los tantos que se cruzarán en tu camino hasta tanto te aburras de la misma novela.
Suelta el resentimiento. No le des más rosca al asunto. Si vas por la vida dejando "puertas abiertas", nunca podrás despegarte ni vivir el presente con satisfacción.
¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?) ¿Necesidad de aclaraciones? (¡suficientes ya!) ¿Palabras que no pronunciaste? ¿Silencios que aún te invaden? Si puedes enfrentarlos ya, ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra el capítulo. Pero no por mero orgullo, sino, porque ya no encajas allí, ni en ese lugar, ni en esa situación.
Ya no sos la misma. No hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta la página, cierra el círculo. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un rufián, ni ese rufián... Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.
La vida es hacia adelante, nunca hacia atrás. Es un proceso de aprender a desprenderse.
Si insistes en permanecer "revolcándote" en los porqué, en rebobinar el mismísimo cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho, el desgaste va a ser infinito e innecesario!
¡La vida se te pasa, Jésica, y mientras los patanes se reciclan, sólo quedás vos y tu ansiado proyecto de felicidad. ¡A vivir!

viernes, 27 de febrero de 2009

Reflexiones de Jésica Bisónica a los ocho años (textual)


No existía el blog, ni el "Face" ni otras yerbas, pero mini Jésica se las arreglaba para canalizar su pueril desparpajo... ¡Ya de chiquita se perfilaba!


PARA LA MUJER
“El libro del amor”

Cap. I: La gente se amaEl amor no tiene edad, uno se puede volver a enamorar a la edad de los cuarenta años, pero eso sí, tenga mucho cuidado con su esposo; recuerde que cuando se casó usted prometió no separarse nunca por nadie ni por nada; únicamente si usted es soltera, separada, divorciada o viuda... Pero en el caso de que sea casada, no engañe a su marido con otro.

Cap. II: La juventud confundidaCuando a una chica de 15, 16 años le gusta un chico para novio y divulga “lo quiero”, está confundida, porque no le ha llegado todavía el primer amor, por eso uno dice que es un “filito”.
Cuando las chicas dicen: “Ay, me dio un beso, por eso yo lo quiero”, están completamente equivocadas, la vida es larga y uno no se puede enamorar tan fácilmente.

Cap. III: El amor y nada másHay gente que dice “yo nunca me voy a casar porque me voy a arruinar la vida; si me quedo soltera es mejor porque nadie me mortifica, entonces me quedo soltera!”. Pero el amor es la vida aunque cueste luchar; sin amor no se puede vivir porque es lo mejor que Dios nos ha dado. En fin, ¡el amor y nada más!

Cap. IV: La hipocresía en el amorLa hipocresía en el amor significa que si vos tenés un novio que te engaña, no seas tonta!, vos lo tenés que amenazar con que lo vas a dejar o que vos también lo engañaste y entonces el chico se queda piola.

Cap. V: Los enamoradosLas chicas y chicos que ya son mayores de edad se enamoran por el primer beso que le das, porque están en la etapa de los enamorados. Pero si vos lo querés de verdad tenés que estar feliz porque la vida tiene amor y felicidad. Y si vos estás feliz y él también, entonces qué esperás para decirle: “Te quiero, por favor aceptame, sos el único amor de mi vida”.

Cap. VI: Tus padres, machacando tu amor
Hay padres que son malos y egoístas porque si la chica quiere a alguien que supongamos, es pobre, pero ella lo ama de verdad porque es su primer amor, los padres no lo aceptan. Vos no les hagas caso!, hacele caso a tu corazón porque ya sos una verdadera mujer. Entonces te vas a vivir sola y se te cumple el sueño. Después te casás y a la manchancha tus padres, vos no vas arruinar tu vida porque ellos te lo exijan. El amor es la felicidad y la felicidad es el amor.

Cap. VII: El casamientoHay mujeres que cuando se están por casar se ponen muy felices porque se casan queriendo y cuando entran a la iglesia se dicen: ¡esto es el sueño de mi vida! Mientras tanto, el novio, con esa cara de tachuela, sin decir nada. Pero cuando se casan, ¡qué hermoso!

Cap. VIII: El amor, ¡yo lo quiero!La felicidad es el amor tanto como el amor es la felicidad. Pero en la vida sólo hay un amor y nada más que uno. Vos querés a tu novio, él te quiere a vos, entonces casate y disfrutá de la vida! Porque el amor es uno solo!

Cap. IX: El amor, a través de la ruina
Hay parejas que se están por separar porque la mujer se da cuenta de que el hombre la engaña. Entonces la pobre y desgraciada mujer se arruina porque ella es la que sufre y no el marido, que no le importa nada porque total se va a vivir con la amante y la mujer se tiene que quedar con los hijos.
Chicas, no se dejen defraudar porque después nosotras pagamos los platos rotos. ¿Y ellos, qué?

miércoles, 25 de febrero de 2009

Una noche con las “groupies”

Jimena y Carla no imaginaron jamás la noche que les tocaría en suerte el pasado fin de semana.
Como de costumbre, se encontraron en el lugar clave de ambas, punto de partida de toda caravana nocturna que se precie de tal. Jimena llegó a horario a la cita, indicio favorable de una noche prometedora. Por lo general, Carla padece la impuntualidad característica de su compañera; sufrimiento exacerbado si se tiene en cuenta que Carla acude a ese encuentro semanal con el atuendo de ocasión: léase, alguna vez tuvo que aguantarla por más de media hora con una micro mini bajo las miradas de los para nada disimulados transeúntes; a lo que se sumó la compañía impuesta del portero del edificio, quien habrá interpretado que alivianaría tal angustia. En fin... en esta oportunidad no hubo reclamos, y fue así que ambas enfilaron directo y con prisa al reducto predilecto: “El Buen Bar”. No había otra opción para ellas, hasta que el tan amable y simpaticón muchachote de la puerta al que jamás conocerán por el nombre, les giró la cabeza con un rotundo y categórico NO. Desconcertadas, las chicas vieron volar sus ilusiones de una noche inigualable para terminar escogiendo la segunda y nunca mejor ponderada segunda alternativa: el bar que es una boca de lobo.
Allí entraron por la puerta grande, como bien lo merecen dos divas de tal calibre. Estaban dispuestas a pasar un buen rato y nada opacaría tal propósito. Allá fueron, derecho a la barra, no sin antes hacer gala de tamañas beldades. Con sendos vasos en sus manos, empezaron a ambientarse y, mientras hablaban de vaya uno a saber qué, Jimena vio la luz. Luz reflejada en los ojos de una estrella en ascenso del rock. Algo perturbada, le pasó la información a su amiga, quien, lejos de inquietarse, no tenía la menor idea de la identidad de aquel sujeto escoltado de un grupo de semejantes. Así las cosas, con los estelares a un metro, Jimena y Carla, hicieron de cuenta que nada, cuando en realidad, todo.
La conversación fluyó y las miradas se cruzaron, hasta que un hombrecillo de inexistente cabellera, se acercó y quebró el hielo. No acusó nombre, o las jóvenes sólo advirtieron que se trataba del bajista de la banda. Lejos de alborotarse, la cosa fluyó. Hasta el punto en que inmediatamente fueron invitadas a dirigirse a otro bar más acorde al género: llegado el momento del reggaeaton, no se figuraban al pelado meneando.
En hilera, cual comunidad rockera, se encaminaron hacia la puerta de salida, intentando hilvanar lo sucedido. Resistidas al inicio de la noche, abandonadas en su suerte y despojadas de la ilusión atesorada en el bar de al lado, de repente formaban parte del club selecto del rock. Toda una hazaña.
Caminaron más de la cuenta, teniendo en cuenta que Jimena, quizás por despiste, quizás por finalidad, alargó el trayecto hacia el nuevo destino. Más ataviadas de glamour que nunca, ingresaron al lugar de la mano de estos nobles caballeros de ropas raras y modos cordiales. Cero estrellato, cero narcisos y más comunes que el resto de los mortales que no nos dedicamos a la música. Cero estrellato, excepto por el cantante; imposible disimular su fachada rock star detrás de semejante beldad. Imposible no contemplarlo. De todos modos, ni una cosa ni la otra: ni el muchacho hizo grandiosa ostentación ni Carla se engatusó más de la cuenta. Igualmente no dio lugar: ambas chicas fueron diestramente custodiadas por bajista y tecladista, respectivamente; ya no habría chances para el primor.
Dos y dos, la velada transcurrió en un parloteo fluido entre las parejas. Nada hacía pensar que hasta hace unas horas, Jimena se embaucaba en las letras de estos tipos, presa del recuerdo de historias imperfectas.
Carla, por su parte, fiel a su naturaleza esquiva y cautelosa, no se ocupó en mostrar el menor interés sugestivo hacia su compañero, mientras que él, no dejó de meter bocadillo sobre las bondades físicas y de todo tipo de esta simpática cordobesa. Igualmente, el asunto fluyó y fluyó, como si se conocieran a través de esa música conocida y no conocida.
Pese a los intentos fallidos de su amiga por entonar la estrofa del célebre hit, Carla jamás lograría descifrarlo. Y, lejos de sentirse avergonzada o fuera de frecuencia, se apreció más diferente que nunca y lo disfrutó.
Las luces y el ruido hicieron lo suyo (eso por no echarle la culpa al poco de alcohol), y decidieron continuar la fiesta en otro espacio. Cada vez más en ascenso, cada vez más cerca del género: el templo del rock. Postergaron sus horas de sueño pre show para encaminarse al recinto anhelado. Llegados a destino, las chicas glamorosas se sintieron más groupies que nunca: una aglomeración en la puerta del lugar enfocada a un único punto, la banda, de la que, casualmente, formaban parte.
Cero estrellato, cero narcisos, eso dijimos. Haciendo gala de la racha que les tocó en suerte en “El Buen Bar”, tampoco lograron ingresar al templo del rock. No cabía la posibilidad de hacer semejante fila y menos a esa hora (eso por no echarle la culpa al poco de alcohol, segunda parte). Y pese a la insistencia de los concurrentes que aguardaban para entrar, este querido patovica tampoco cedería.
Así las cosas, dispusieron, léase los masculinos dispusieron, ya que las chicas rock sólo atinaron a dejarse llevar por los reflejos de sus músicos; resolvieron, entonces, cerrar la velada comiendo panchos en pleno boulevard San Juan.
Mientras el buen mozo del cantante engullía con vehemencia no uno, sino dos panchos, Jimena y Carla, vivieron con total naturalidad lo que para algunos podría significar un episodio un tanto estrafalario.
Pero lo verdaderamente extravagante vino después: de repente y sin aviso, una mujercita de unos veinte años recién cumplidos se plantó frente al primor con absoluto descaro. Con mirada lasciva y el menor de los decoros, el mismo que Carla atesora tanto, esta jovencita chillona con ínfulas de fan, no se acercó en busca de un inocente autógrafo, sino que fue más allá, pretendiendo, a todas luces, poseer ese objeto de admiración y deseo. Ésta sí que era una auténtica groupie y, de las más serviciales...
Las chicas angelicales no tenían qué hacer al lado de semejante obviedad. De todas maneras, y a rigor de los acontecimientos sucedidos, parece que el buen mozo le hizo agua a la señorita desvergonzada.
Lo que sigue, el esperado final feliz y predecible: de Jimena no voy a hacer mención, mientras que de Carla me atrevo a decir que, radiante y contenta (y eso que no consumió ni medio pancho), se zambulló fresca y algo tambaleante en el taxi que la dejaría en su casa. Del tecladista y del bajista... no pretenderán que revelemos el paradero. Sólo es rock y las chicas angelicales van por más.-

lunes, 23 de febrero de 2009

Jésica Bisónica

Jésica Bisónica es una chica común de rasgos característicos. Su pelo es lacio, por lo general lo lleva suelto y, solamente una vez, se atrevió a un drástico cambio de look, el que se debió, según indican, a los impulsos de un amor contrariado.
Sus ojos son grandes y oscuros; expresivos, tanto o más que su locuacidad característica. Cuando habla gesticula y se pronuncia con todo su cuerpo. Tiene el don de la palabra justa e ilustrada y, detrás de esa fachada de niña bien, es una leona mordaz e incisiva. Maneja a la perfección el arte de la sutileza y la diplomacia. No obstante, es presa y víctima de sus constantes impulsos que la han llevado a cometer las más impensadas atrocidades. Barbaries relacionadas, la mayoría, a cuestiones amorosas y/o amatorias y/o pasionales.
Jésica siempre está impecable. Se viste a la moda y aparenta estar prolija y acorde a las circunstancias. Casi casi una compradora compulsiva; su afán por la ropa es directamente proporcional a su coquetería. Antojadiza de cada remerita que ve cuando va o vuelve del gimnasio, pareciera que el ejercicio físico incitara tal compulsión. Como sea, es una de las tantas mujeres que canaliza sus sinsabores en la industria indumentaria. No así en la peluquería, a la que sólo recurre cuando ya no puede más con su lacia melena.
Dijimos que era coqueta, sí. Practica localizada desde hace ya más de un año y lo que empezó como una rutina “modeladora de”, se convirtió en uno de sus hábitos predilectos. Su profesor favorito: el de la clase de las 21 horas, que con el objetivo de alentar al alumnado femenino, las llama yeguas o perras en celo, en su defecto. Dichos epítetos, lejos de escandalizarlas, sirven para motivar a la prole a la hora de enfrentar las crueles sentadillas.
Si bien no es una adolescente, ya que objetivamente no estaría en edad de serlo, en muchas ocasiones se comporta como tal. Tiene una edad cronológica que no condice con algunos aspectos de su vida. De hecho, casi nunca le aciertan la edad y los hombres que se le acercan, por lo general, son menores que ella. Una más de las razones que la llevan a seguir sola.
Es sumamente exigente, por no decir exageradamente exigente con ella y con lo que espera de los demás, y se engatusa fácilmente con los masculinos difíciles y contrariados. La señorita Bisónica le hace agua a los tipos accesibles, abiertos y francos. Será que en el fondo no está preparada para asumir ningún compromiso.
Caprichosa e indecisa, dos de sus rasgos sobresalientes. No hay hombre que le venga bien, no hay cartera que le venga bien, no hay nada que le venga bien... siempre tiene que sopesar entre dos alternativas, para terminar eligiendo, claro, la opción más desafortunada.
Blanco de los más variados desencantos, Jésica se rehúsa a aprender la lección, recayendo una y otra y otra vez en las garras de esos sagaces perros que la cautivan. Y aún siendo consciente de tamaña osadía, no cede en sus pretensiones: tal vez algún día logre apaciguar a alguna fiera que valga la pena. Por el momento, se enmaraña y lo padece. Se embrolla, se confunde, recupera el juicio y cae otra vez. Si depositara la mitad de esa energía malgastada en ella... ¡Cuánto derroche, Jésica!
Inteligente, astuta y rápida en todo: números, crucigramas, respuestas, reflexiones... Para cuándo esa misma celeridad llevada a los hombres, mujer! Pocas veces vi tamañas vueltas para dar un pie o un guiño evidente y concreto a un tipo! ¡Basta de sutilezas y cosas no dichas y sobrentendidas! Los masculinos son elementales por naturaleza, y tu agudeza e ingenio para hacerte entender no son ni serán captados! ¡Jamás! A menos que aparezca un varón de esos que ya no hay! Espécimen que seguramente no encontrarás en ninguno de esos reductos nocturnos a los que frecuentas. Los boliches, bares, pubs y demás antros no fueron hechos para tal fin. Las piezas del rompecabezas amoroso, por lo general, encajan en otros ámbitos: oficina, gimnasio, amigos de amigos, portero, cartero, etc. Jamás de los jamases, salvo raras excepciones, una pista de boliche hace las veces de plataforma sentimental “con miras a”.
Jésica Bisónica es la expresividad y el desparpajo en persona. No vacila en manifestar todas y cada una de sus extravagancias verbales; hace uso y abuso de su inconfundible timbre de voz y aprovecha la amplitud de su vocabulario para pronunciarse en todos los sentidos. Utiliza términos que ya no aplican y los impone, tanto así que se ha convertido en casi una referente lingüística entre sus amistades. Es una tipa macanuda y se hace querer, o eso parece, a la luz de las demostraciones de afecto que recibe a diario.
Ama escribir. Teje historias como nadie y su aspiración más profunda nada tiene que ver con la elección de su segunda carrera universitaria. Otra más de las tantas contradicciones que la caracterizan.
Jésica Bisónica es una chica común, más bien peculiar, diría yo. Su pelo es lacio, su voz, inconfundible y rara vez se anima a los grandes cambios. Típica y predecible, así y todo, está empezando a desatar sus nudos. ¡En buena hora, Jésica!.-